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por Francisco Gil Fuertes El fin de la educación. Ensayo de una filosofía materialista de la educación.
Por otra parte, el espectáculo debordiano de la implantación de una seudo-asignatura como Educación para la ciudadanía y los Derechos Humanos (sic) ha colocado, brevemente, en el escaparate de los medios de comunicación de masas uno de esos temas en los que, casi, cualquiera (véanse al respecto las intensas reflexiones de monseñor Martínez Camino) tiene una opinión predeterminada socialmente: la educación. Tras el clímax mediático y la resaca institucional del pasado curso, aparece El fin de la educación -titulo que parece jugar con las dos vías interpretativas que sugiere y con la referencia al viejo panfleto de Fukuyama. Existen diferentes motivos para celebrar el significado político que tiene la aparición de este volumen en las librerías. La serie de acontecimientos relacionados con la educación, a escala global, que lo preceden; desde los disturbios de diciembre en Grecia a los de Barcelona en marzo, pasando por los de París, México, Buenos Aires, etc., insinúan el nuevo escenario en el que se esta desarrollando el conflicto entre educación y globalización. Una razón añadida para la lectura de este texto es su interés como material para la reflexión rigurosa y sistemática de la problemática latente previa al estallido que, previsiblemente, tendrá lugar en otoño. El acierto de los editores al aprovechar la coyuntura de revolución y/o reforma en la que la educación pública se ha instalado, mundialmente, es innegable. El momento de publicación resulta más apropiado en el caso español dada la perspectiva que presenta el próximo curso: Un curso, 2009/2010, que viene marcado por la mayor reforma del sistema de acceso a la docencia (el sistema de concurso-oposición) del periodo democrático, y que contiene una serie de novedades que incluye la aparición de la obligatoriedad de realizar un master público-privado para la habilitación del futuro profesorado -lo que tendrá importantes repercusiones en nuestro sistema educativo. La importancia del texto aumenta, aún más, cuando la apuesta por esta temática -tan escasamente representada en las editoriales de tendencia crítica y con un catálogo de títulos muy extenso en otras materias igualmente marginales-, corre de parte de una pequeña editorial de recursos limitados y localización periférica como Eikasia. En este contexto, un trabajo de las características de El fin de la educación adquiere una proyección de mayor trascendencia social y significación política. El fin de la educación supone el tercer trabajo largo de Pablo Huerga Melcón y presenta un exhaustivo inventario de los elementos problemáticos que contiene la globalización realmente existente en su relación con los sistemas de educación pública estatales vigentes. Huerga ha realizado un minucioso análisis de arqueología educativa que parte de la filosofía materialista de la historia para trazar este Ensayo de una filosofía materialista de la educación. Con una profunda reconstrucción de la genealogía de la materialización de la idea de educación, desde la época clásica hasta la actual globalización capitalista, Huerga traza el mapa de la cuestión con una precisión poco habitual en este tipo de trabajos. El eje central de esta cartografía del conflicto entre globalización y educación se dibuja sobre la persistente licuación del Estado a la que la globalización esta sometiendo a las sociedades políticas. El resultado final es lo que Huerga piensa en términos de interconexión entre globalización forzosa -y acelerada del capital- y liquidación por inanición de los Estado-nación. Este ensayo no trata, afortunadamente, de si el objetivo de la ideología subterránea de la globalización es privatizar y/o subcontratar (concertar) la red pública educativa, ese fenómeno ya es un hecho -consensuado a diversos niveles con las diferentes Administraciones (véase el paradigmático caso de Madrid y sus variantes nacionalistas)- sino de pensar como se formaliza este cambio sistémico de la tradicional red pública a la educación diferenciada, a esa educación personalizada configurada en función de la renta de cada cliente del sector educacional. En este aspecto, la capacidad de síntesis de Huerga es ejemplificante: “Los nuevos ideales, la nueva ideología, la nebulosa ideológica del consumo empieza a impregnar el sistema educativo en los países más desarrollados. Todos los gobiernos, también el español, aprovechando su legitimidad hegemónica heredada, comienzan a insertar un discurso autoliquidador, que alimenta la noción de sujeto flotante, sujeto consumidor, y que centra la formación del individuo en la capacidad de elección, y en la educación como consumidor responsable. Este es el núcleo del programa europeo de Educación para la ciudadanía que se propuso a todos los países, y que estos han ido integrando en los nuevos sistemas educativos” (pp. 166-167). Probablemente existe un colaboracionismo silencioso, oculto bajo diversas manifestaciones de cinismo, escepticismo o falsa buena conciencia de todos los agentes implicados en esta rápida entrada del sistema educativo en su fase de reconversión productiva. Esta cooperación necesaria, generalizada, en las políticas de desmantelación del sistema educativo público se debe más a una coincidencia puntual de intereses heterogéneos que a una conciencia ideológica. Huerga plantea seriamente la cuestión en los siguientes términos: “Las nebulosas ideológicas envolventes nunca han sido tan férreamente coherentes como para evitar en quien las acepta o las <vive>, un mínimo distanciamiento crítico y, por ello mismo, un cierto grado de <complicidad> -podríamos decirlo así- con su estado”(pp.11) Aunque la cuestión de la cooperación ideológica es epistemológicamente compleja, una problemática en la que intervienen múltiples vectores socioeconómicos, es indiscutible que el simulacro de resistencia a lo que se vislumbra como una cancelación del modelo de enseñanza pública “obligatoria y gratuita”, por parte de los agentes reactivos, no es tanto una defensa del modelo público en-sí, como una toma de posición frente a las potenciales perdidas de autonomía y capacidad de intervención; de competencias. Es decir, las hiperpromocionadas innovaciones educativas y reformas legislativas que permanentemente se presentan como el bálsamo de fierabrás, (reacuérdense las diferentes leyes a las que nos hemos enfrentado en los últimos años) no son más que una negociación permanente entre los diversos actores que gestionan las heterogéneas áreas del sistema educativo. El Estado funciona en esta coreografía como mediación entre los sujetos productores de conocimiento (docentes y alumnado) y el nuevo agente dinamizador de la educación; la empresa. Es obvio que bajo la hegemonía ideológica del neoliberalismo se han ido debilitando los diferentes aspectos sociales del Estado hasta su semi-extinción, en algunos casos (la Europa continental), o su supresión (caso de los países subsidiarios de EE.UU). La devaluación permanente de los servicios públicos del heredado Estado del bienestar, su recorte constante tras el final de la guerra fría, ha llegado, finalmente, a la Educación –en toda su amplitud. El diagnóstico de Huerga es demoledor: “En definitiva, es la propia voluntad de privatización de los servicios públicos, establecida en los programas de globalización actual, la que instrumentalizada todas estas nuevas ideas educativas en caminos y argumentos para la privatización” (pp.157). La globalización es una patología y sus efectos parecen traducir el deseo inconsciente de las élites de subsumir el sistema público bajo la hegemonía del MERCADO. Si durante el período posterior a la segunda guerra mundial (con la “amenaza” soviética en el horizonte de posibilidad) se estableció una especie de cuarentena preventiva entorno a los cimientos estructurales del Estado –Huerga, en línea con Marx (1883), Bourdieu(1964), Willis(1978) y otros, no olvida que el hecho de que la educación se presente como pública no garantiza la real “igualdad de oportunidades” dentro del sistema educativo- que posibilitaba que los discursos más agresivamente antisociales quedasen neutralizados por una fuerte campaña de defensa los bienes comunales orquestada a nivel internacional por la socialdemocracia, temerosa de la potencia social de la izquierda revolucionaria, con el cambio de paradigma que supone el colapso de la URSS y la derivada hegemonía ideológica del neoliberalismo, asistimos a la recuperación del programa anti-Estado propio de las élites decimonónicas dominantes. Cada una de las piezas que componen el sistema público, el sistema de garantías mínimas impulsado por la negociación entre clases en los ciclos de lucha obrera, se esta desmantelando y poniendo a la venta en el MERCADO. La educación, también. En definitiva: La globalización ha puesto al Estado entre paréntesis. Ahora es el momento de pensar las posibles consecuencias de la globalización en la educación: “Y este es el planteamiento de nuestro ensayo; afrontar un análisis filosófico materialista de la educación, para, desde él, reconstruir en los términos de la teoría resultante, el problema de la globalización y su papel en la propia educación” (pp.13).
Agosto de 2009
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