Mundo Obrero. Septiembre 1996. Número especial por la muerte de Horacio Fernández Inguanzo El Paisano


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Mi gran amigo Alfredo
Juan Fernández Ania

El enroque es una de las maniobras defensivas por excelencia del ajedrez.
Básica y habitualmente, porque puede tener otros usos, consiste en parapetar, inmovilizar al rey
detrás de la torre. Pues bien, Horacio Fernández Inguanzo nunca escudó, nunca jugó a la defensiva.
Ni en su lucha antifranquista, ni en su concepción del Partido Comunista, ni en la apuesta de
sus ideas. Al revés, siempre prefirió el juego abierto, valiente.

El Paisano demostró muy pronto su fama antisectaria: se saludaba con sus antiguos enemigos por la calle.

Mundo Obrero Horacio Fernández InguanzoLa biografía de Horacio Fernández Inguanzo es trinitaria: Lucha, Cárcel, Partido. De su vida sufrida podrán decirse muchas cosas; desde luego, nunca que la vivió en retaguardia: siempre, al contrario, con el pecho por delante. Cuando la sucesión de tromboflebitis, heces en melena y partes médicos habituales acabaron con Franco y evidenciaron que la dictadura ya estaba comatosa, El Paisano era famoso. Un estandarte comunista, un "histórico", como Angel León o Mario Huerta. Sobre todo, una referencia del combate antifranquista. Inguanzo sólo quedó totalmente libre en 1977 cuando la Transición empezaba a estar encarrilada. Hasta entonces, su vida había girado sobre la alternancia citada entre la clandestinidad, la organización del PCE y la cárcel. Queda libre en 1977 y vuelve a asumir la secretaría general del PCE en Asturias, cargo en el que releva a Vicente Alvarez Areces. Todo esto es para decir que Inguanzo era, en los primeros balbuceos democráticos, la encarnación del temido/querido y fuerte Partido Comunista. Probablemente, en Asturias sólo le superaba en fama, por el pedestal histórico, Dolores Ibarruri "La Pasionaria".

Inguanzo se adoptó con tranquila timidez a la nueva situación. ¿Qué glándula es la que permite que determinadas personas, cargadas de razones para tener el cerebro marcado de costurones y cicatrices, asuman con normalidad un cambio tan rotundo y puedan reencontrar sin mayores odios a antiguos perseguidores? Glándula, formación o resorte moral, Horacio lo tuvo: ejemplificó la reconcilación nacional pregonada por el PCE. El socialista Rafael Fernández siempre ha sido elegido como uno de los símbolos de la Transición en Asturias: consejero en el estallido guerracivilista, exiliado en ultramar, pacífico y conciliador presidente preautonómico (y con el propio Inguanzo entre los consejeros). Pero, sin duda, el otro gran símbolo fue El Paisano: si el socialista volvía del exilio mexicano, Inguanzo se saludaba con sus ex-enemigos por la calle. El hecho es que El Paisano demostró muy pronto que su fama antisectaria era cierta. Dicho con el ejemplo del principio, Horacio no se enrocó en sus relaciones personales. Francisco Alvarez-Cascos presume de haber hecho buenas migas con Horacio manteniendo largas charlas en el tren que les llevaba de Asturias a Madrid, al Congreso de los Diputados. Es probable, porque la bonhomía de Inguanzo se hizo pronto muy comentada.

Hoy, todo eso parece normal. Al relatarlo, pueden presentarse como detalles sin importancia, cuestiones menores sobrevenidas por las circunstancias. Hace 20 años no era así. La dictadura aún estaba malmuerta, y para muchos ciudadanos Inguanzo era un rostro fiero, demonizado. Demostró que todo aquello era falso, trabajó por las libertades: sabía que, en aquel momento, lo más importante era dejar bien sepultado al dictador y su régimen.

No sólo supo mantener clara la meta. También supo mantener la ligazón con la realidad. Ya era en él una costumbre que cuando teorizaba sobre algún tema acabase buscando un ejemplo conocido, tangible, la aplicación real. En vísperas de las primeras elecciones sindicales en Hunosa, comisiones Obreras había desarrollado un trabajo impresionante; Manuel Nevado, Gerardo Iglesias y Emilio Huerta "Triqui" calculaban que aquella labor acabaría frutificando en la victoria del sindicato. Fue Inguanzo quien les advirtió que no debían echar las campanas al vuelo. Al revés, deberían tener muy en cuenta la solidez de las raíces socialistas en las cuencas. UGT triunfó en aquella convocatoria.

No se enrocó en la vida -la idea es de Emilio Huerta, en una charla sobre Horacio-, no se alejó de la realidad y tampoco se enrocó en los cargos ni en las ideas. Firme partidario de la renovación en los puestos de responsabilidad, fue él mismo quién decidió no continuar como miembro del Comité Central del Partido Comunista de España. Pero mucho más llamativa resulta -sobre todo, vista desde fuera- su defensa de Izquierda Unida. Inguanzo era en 1986 una persona mayor, un viejo luchador, que lo había dado todo por el pecé. Parecería lógico que viese con recelo el nacimiento de una nueva fuerza que amenazaba con deglutir el partido. Sin embargo, apostó con firmeza por IU, con muchos menos resabios y desconfianzas que otros dirigentes.

Sin duda, hay muchas formas de compromiso político. Lo innegable es que el de Horacio fue ejemplar. Primero por valiente. Tan poco dado a perder la fuerza por la boca, sufrió en su propio cuerpo la lucha, clandestinidad, escapada, noches al raso, cárcel. Fue capaz, al mismo tiempo, de contribuir a la urdimbre de una sigilosa red de organización sobre la cual fue creciendo el PCE. El capítulo de su larga pelea antifranquista basta y sobra para realzarle en la historia del Partido Comunista y en la de la política española. Pero luego redondeó su biografía: ejemplificó la reconciliación, huyó del sectarismo, apostó por la renovación de los cargos y los proyectos políticos.

Murió como había sido: silencioso, discreto, huyendo del protagonismo. Pronto hubo una capilla inmensa y roja para recordarle.

No se enrocó, siempre jugó con la vida por delante.