Mundo Obrero. Septiembre 1996. Número especial por la muerte de Horacio Fernández Inguanzo El Paisano
Descargar PDF [3,2 mb]
Del monte al parlamento
Vicente Bernaldo de Quirós
Acababa de efectuarse la elección del primer Senado democrático,a la que concurrieron todas las fuerzas progresistas en una candidatura unitaria en la que, en representación del Partido Comunista de España, figuraba Wenceslao Roces, un veterano exiliado en México, ya octogenario y con una creciente sordera, que le fue recomendado a la dirección comunista de la época por el socialista Rafael Fernández. Poco tiempo después de haber sido elegido senador, Roces dimitió del cargo, acuciado por su enfermedad, el cansancio y cierta nostalgia su etapa mexicana. La candidatura "Por un Senado Democrático", que había resultado la más votada en los comicios del 15 de junio de 1977 se quedó coja y fue preciso recurrir a una elección parcial para sustituir al parlamentario cesado a petición propia.
Aquí entra en juego Horacio Fernández Inguanzo ya que los comunistas manifestaban, con razón, que el puesto en el Senado le correspondía, por cuanto el dimitido había sido un candidato salido de sus propias filas. En aquellos momentos, hay que recordar que todavía no había sido aprobada la Constitución, la sustitución de un senador se hacía mediante elecciones parciales, que fueron convocadas conjuntamente en Asturias y Alicante para el 17 de mayo de 1978.
A pesar de las peticiones del Partido Comunista para que se respetara la representatividad de los comunistas y fuera apoyado por todos un candidato de esa organización, el resto de las fuerzas de izquierda y derecha se negaron y decidieron presentar su propio aspirante al puesto que había dejado vacante Wenceslao Roces.
Durante la campaña, Horacio volvió a los caminos de Asturias, pero esta vez no iba huido de la Guardia Civil
La elección de Fernández Inguanzo como candidato de los comunistas al Senado fue recibida muy positivamente por el conjunto de la militancia y por gran parte de los ciudadanos asturianos, que coincidían en calificar al veterano dirigente del PCE como una personoa honrada, luchadora y que representaría digna y lealmente los intereses de los trabajadores y del pueblo asturiano.
Por esa razón la campaña electoral, desde principios de mayo hasta el término de la misma, estuvo plagada de anécdotas de ciudadanos que mostraban su total confianza en la figura de Harocio y su respeto, independientemente de la ideología del que lo profesaba, por una de las figuras carismáticas de la Transición y un luchador infatigable por la democracia y los derechos de los trabajadores.
Horacio volvió a recorrer los caminos de Asturias en la campaña electoral pero esta vez no iba fugado y perseguido por la Guardia Civil como en los tiempos de la clandestinidad. No se tenía que esconder para conversar con unos y otros, con un chorizo en el bolsillo como único alimento. Ahora actuaba a plena luz, con miles de personas escuchando sus promesas y compromisos y los únicos que iban detrás de él eran los periodistas que constataban la creciente popularidad del que fuera mito de la oposición antifranquista y ejemplo a seguir por los jóvenes.
La campaña de Horacio Fernández Inguanzo iba ganando adeptos y las predicciones de los especialistas auguraban al candidato comunista un importante porcentaje de votación, que puso nerviosos a los estados mayores de otros partidos.
Los socialistas llevaban como candidato a Fernando Morán, un diplomático avilesino que, posteriormente, sería el primer ministro de Asuntos Exteriores en el Gobierno de Felipe González, y que tenía buena imagen entre la ciudadanía asturiana, pero no el carisma de Horacio Fernández Inguanzo ni la veneración de la mayoría de los habitantes de la región.
Quizá por eso y temerosos de que el candidato comunista se llevara el gato al agua, el PSOE puso toda la carne en el asador y dispuso de sus principales figuras para contrarrestar el peso de la candidatura de Horacio. Fue en esta campaña y en un mitin en Gijón (concretamente en El Molinón) donde Felipe González pronunció su tristemente célebre "las piedras no hablan", con el propósito de desprestigiar la figura de Horacio, parafraseando una canción dedicada a Inguanzo por Víctor Manuel.
El 17 de mayo amaneció soleado en Asturias. Gran cantidad de colegios electorales habían empezado a notar la afluencia de los votantes al poco de abrirse las urnas, aunque al final de la jornada la abstención habría superado el 50 por ciento. Los interventores que el PCE había repartido por toda geografía asturiana estaban animados ante la posibilidad de que la figura de Fernández Inguanzo lograra lo que la justicia no había podido hacer: restituir el escaño que había dejado Roces y que, en puridad, le correspondía al PCE.
Los expertos auguraban al candidato comunista un porcentaje de votación que puso nerviosos a otros partidos
Los resultados electorales no pudieron lograr lo que sería justo: que Fernández Inguanzo recuperara el escaño para el PCE, pero pusieron de manifiesto el importante apoyo que la figura de Horacio había alcanzado entre la población asturiana.
Más del 23 por ciento de los habitantes de esta región en edad de votar habían puesto su voto en una opción y en una persona que simbolizaba perfectamente el ideal de cambio y de igualdad para todos. Horacio consiguió más de 86.000 votos.
Menos de mil le separaban del candidato de UCD, que había sido el partido más votado un año antes, por encima de Alianza Popular. La lectura sosegada de estos votos, muchos años después de haberse producido y a escasas fechas de que se produjera la gran y aplastante victoria socialista de 1982, permite valorar la importancia de la candidatura de Fernández Inguanzo, la gran aportación de votos que supuso para el PCE y, sobre todo, la respuesta de muchas personas que contribuyeron con su sufragio a denunciar la injusticia que supuso el hecho de que un candidato comunista no pudiera suceder a otro que se retira por razones de salud.
Hay más lecturas, evidentemente. Por ejemplo, que en Mieres Horacio fuera el candidato más votado, con tres mil sufragios de diferencia sobre Fernando Morán, o que en Langreo la diferencia a favor del socialista fue reducida, o que en Gijón, la ciudad más poblada de Asturias, la lista del PCE superara en más de 2.500 votos a la UCD, que también quedó por debajo en Avilés.
Independientemente de los votos militantes que recibiría el PCE con cualquier otro candidato y que en aquellos momentos serían bastantes, puesto que los comunistas no habían sufrido sus crisis más importantes (si bien las heridas de Perlora estaban presentes en las mentes de muchos) lo cierto es que el resultado electoral sería impensable si el aspirante no hubiera sido Horacio, si la figura honesta y firme del veterano resistente antifranquista, que pagó con cárcel y clandestinidad su fidelidad a unas ideas, no hubiera estado al frente de las siglas que le llevaron a luchar toda su vida.
Todos coinciden, pues, en que la aportación de Horacio a la candidatura para el Senado fue fundamental, si bien admiten que por muchos votos con los que contribuyera era imposible que fueran suficientes para derrotar a todo un aparato de propaganda y a un socialismo emergente que ya daba muestras de lo que sería posteriormente bajo la dirección de Felipe González.
Horacio fue después diputado por Asturias en los momentos más difíciles y en los que los comunistas llegaron a contar con sólo cuatro parlamentarios en el Congreso, casi barridos del mapa por la euforia socialista de 1982, y mantuvo la misma dignidad y firmeza en la defensa de los suyos desde la tribuna del Parlamento, que había mantenido desde los resguardados caminos de la Asturias más profunda o desde el corazón de las cuevas en las que se escondía para seguir luchando por la libertad. Horacio no había cambiado con la llegada de los nuevos aires y eso lo había alzado aún más en el reconocimiento y admiración de sus paisanos. Un reconocimiento ganado a pulso día a día y que ni siquiera la muerte ha sido capaz de aminorar